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Botiquín de supervivencia

A mi lado ella envasa las dos latas de bebida energizante
en una botella de un refresco un poco más conocido,
una soda de limón. Cero y va una, y otra que suman dos.
Una dosis doble de energía que necesitará más tarde,
quizá para otra llamada.
Su sonrisa muestra comodidad con la conversación
que tiene al teléfono, como en la sala de su casa,
cuenta una historia, responde a una que otra pregunta
mientras admira las uñas de sus manos.
Intento identificar el idioma en el que habla,
pero me doy por vencida.
Descarto inmediatamente que sea una lengua romance,
parece más bien una lengua de esas que
queraron de la antigua Unión Soviética.
De su elegante bolso, que parece ser una cartera
de esas del señor “Luis Votón”
saca una bolsa de plástico transparente
ya un poco arrugada y desgastada por el uso.
Busca un lápiz labial y decora sus labios mientras
busca su reflejo en una de las ventanas del tren.
La chica rubia de estomago prominente
y camisa brillante, arregla su cabello cada dos minutos,
se acomoda los audífonos y continúa su conversación portátil,
de la que solo entiendo el final: chao, chao.
Minutos más tarde, un fuerte estruendo,
que para ella debe ser música, acaricia sus oídos
aturdiendo una que otra idea.
Mucho “glow”, un celular, pocas ideas,
mucha pestañina, unos audífonos
y una buena dosis de bebida energizante
hacen parte del botiquín de supervivencia de algunas,
repito: algunas chicas aquí en el barrio donde vivo.