1. Botiquín de supervivencia

    A mi lado ella envasa las dos latas de bebida energizante 

    en una botella de un refresco un poco más conocido, 

    una soda de limón. Cero y va una, y otra que suman dos.

    Una dosis doble de energía que necesitará más tarde, 

    quizá para otra llamada. 


     

    Su sonrisa muestra comodidad con la conversación

    que tiene al teléfono, como en la sala de su casa, 

    cuenta una historia, responde a una que otra pregunta 

    mientras admira las uñas de sus manos. 

    Intento identificar el idioma en el que habla,

    pero me doy por vencida.

    Descarto inmediatamente que sea una lengua romance, 

    parece más bien una lengua de esas que 

    queraron de la antigua Unión Soviética.

     

    De su elegante bolso, que parece ser una cartera 

    de esas del señor “Luis Votón” 

    saca una bolsa de plástico transparente 

    ya un poco arrugada y desgastada por el uso. 

    Busca un lápiz labial y decora sus labios mientras 

    busca su reflejo en una de las ventanas del tren. 

    La chica rubia de estomago prominente 

    y camisa brillante, arregla su cabello cada dos minutos, 

    se acomoda los audífonos y continúa su conversación portátil, 

    de la que solo entiendo el final: chao, chao.

     

    Minutos más tarde, un fuerte estruendo,

    que para ella debe ser música, acaricia sus oídos

    aturdiendo una que otra idea.

    Mucho “glow”, un celular, pocas ideas,

    mucha pestañina, unos audífonos 

    y una buena dosis de bebida energizante

    hacen parte del botiquín de supervivencia de algunas, 

    repito: algunas chicas aquí en el barrio donde vivo.


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Ximona reporta sintonía desde el pedazo de cielo que la cubre con historias contadas a través de imágenes y las pocas palabras que se atreven a salir.
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