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Anestesiando la espera

A las y veintidós el tren nos recoge en la estación.
Un corto recorrido que hace los paisajes
tan remotos, tan distantes, tan familiares;
lugares por donde siempre pasas,
en los que nunca he estado.
Algunos rayos de sol se filtran entre las espesas nubes
y nos regalan un poco de calor después de tanta lluvia,
ahora con un aire más limpio,
esperamos que el viento veraniego
al fin toque a nuestras puertas.
Un joven hombre habla su padre, hablan en español…
hermano mayor en la piscina el sábado,
él ya la conocía… un audífono en mi lado izquierdo
interrumpe la historia que se hacía tan interesante.
Primera parada: no es la nuestra.
A mi lado, él lee el periódico que cada tarde
informa los últimos acontecimientos del día
„Blick am Abend“ como un vistazo a la tarde;
rehusándome a leer una versión
menos sangrienta y amarillista del Q‘uibo,
observo por la ventana.
Y más allá de este vagón, un soldado
enciende un cigarrillo para anestesiar la espera.

En la mañana el timbre en la puerta
fue el postre de nuestro desayuno,
una mujer que parece tener más energías que yo,
a pesar de tener muchos más años que yo,
trae la cámara fotográfica que el pasado
domingo olvidé en su casa.
Un frío abrazo que me dan una calurosa bienvenida
dibujan en su rostro esa sonrisa que tanto me gusta,
su paraguas descansa en el marco de la puerta…
Bajar improvisadamente en la siguiente estación
y camino al tranvía olvidar los chocolates
que habíamos planeado comprar,
devolvernos y luego ver la famosa tienda de chocolates
en frente donde nos recoge el tranvía,
dos minutos más tarde se abren las puertas
y comienza nuestro largo recorrido por la pequeña ciudad.